HOMERO: LA IL√ćADA Y LA ODISEA.

Fecha 28/3/2010 15:10:12 | Tema: OFFTOPIC

Desde remot√≠sima antig√ľedad (siglos X o IX antes de Cristo) han venido recit√°ndose, en Grecia primero y en todo el mundo paulatinamente a medida que la civilizaci√≥n se propagaba, dos hermosos poemas √©picos: La Il√≠ada y La Odisea. Y tambi√©n desde aquellas remotas edades se admite que ambos poemas se deben al ingenio de Homero, rapsoda ciego, natural de Grecia, quien los habr√≠a compuesto y cantado en las calles de su patria, para reclamar luego el √≥bolo de quienes escuchaban su canci√≥n.

Del mismo modo que las tradiciones y leyendas, los versos de ambos poemas fueron retenidos de memoria y transmitidos de generaci√≥n en generaci√≥n hasta la introducci√≥n, por Cadmo, de la escritura en Grecia, √©poca en que fueron escritos, y luego pulidos y ordenados para que los cantos que forman ambos poemas tuvieran mayor concordancia y unidad. A esto se debe que algunos autores hayan negado la existencia de Homero o afirmado, a√ļn admiti√©ndola, que se trata de una recopilaci√≥n de cantos debidos a distintos aedos (primitivos poetas de Grecia). Contra estas opiniones se levanta airosa la propia obra, cuya estructura demuestra que fue creada siguiendo un plan y desarrollando un argumento. En cuanto a la existencia de Homero, ah√≠ esta su obra, y no puede darse testimonio m√°s elocuente. "Por el fruto conocer√©is al √°rbol".

Su nombre deriva de la unión de palabras: O (el), me (no) y oron (verbo ver). Es decir: "El que no ve". Esta deducción está de acuerdo con la ceguera atribuida a Homero por la leyenda.
Con el caso de Colón, Cervantes y otros genios, varias ciudades de su patria se disputan el honor de haber sido la cuna de Homero. Estas ciudades son: Esmirna, Pilos, Colofón, Cos, Quíos, Argos y Atenas. Cada una de ellas ha presentado al debate argumentos y deducciones en abono de su pretendido derecho, pero ninguno de ellos constituye una verdadera prueba documental de carácter irrebatible. Quede, pues, la gloria para Grecia, cuna de la civilización.

Tambi√©n en lo que se refiere a la √©poca del nacimiento de Homero difieren opiniones. Mientras algunos investigadores dicen que naci√≥ 24 a√Īos despu√©s de la guerra de Troya, otros afirman que no fue sino cinco siglos m√°s tarde.

El historiador griego Her√≥doto dice que Homero vivi√≥ alrededor del a√Īo 850 antes de Cristo, en tanto que Juvencio, escritor latino de la Edad Media, lo sit√ļa en el siglo X de la misma era. Posteriores investigaciones han permitido llegar a la conclusi√≥n de que La Il√≠ada en primer t√©rmino, y La Odisea con inmediata posteridad, fueron dadas a conocer en Qu√≠os entre los siglos X y IX antes de Cristo, por lo cual Acusilao, Sim√≥nides, Tuc√≠dides y P√≠ndaro han afirmado que fue Qu√≠os la verdadera ciudad donde naci√≥ Homero.

Sean cuales fueren la cuna, la época en que vivió y el origen del nombre del rapsoda, lo importante es que los poemas existen y son bellos. Queden esas rebuscas y sutilezas para los eruditos.

Entretanto evoquemos con la imaginación al andrajoso trovador ciego que va, de mano del lazarillo, cantando sus epopeyas en sonoros versos. En versos tan puros, tan llenos de armonía, de contenido heroico y de ática gracia que han perdurado triunfal y gloriosamente a través de los siglos.

La Ilíada y La Odisea
La Odisea (de Odiseo, nombre griego del héroe a quien se conoce más por el latino Ulises) es el segundo en orden cronológico de aparición de los dos grandes poemas homéricos, el primero de los cuales es La Ilíada.

Narra Homero en La Odisea los trabajos y sufrimientos a que, por voluntad de los dioses, fue sometido Ulises, rey de Itaca, cuando vencida y arrasada la ciudad de Troya por las huestes griegas, despu√©s de diez a√Īos de infructuoso sitio, se embarca en sus naves de regreso a la patria.

Narra Homero en la Odisea, no obstante ser un relato con asunto propio, frecuentes alusiones a los hechos acaecidos durante la guerra de Troya, y los hombres y los dioses que participaron en ella. Conviene, pues, conocer las incidencias de la famosa epopeya, precisamente, el argumento de La Ilíada.

Alrededor del a√Īo 1260 a.C., el pr√≠ncipe Par√≠s, hijo de Pr√≠amo, rey de Troya, se aloj√≥ durante uno de sus viajes en el palacio de Menelao, rey de Esparta. Traicionando la hospitalidad de Menelao, Par√≠s rob√≥ a Helena, esposa del rey de Esparta, y la llev√≥ consigo a Troya.

Menelao era fuerte y valiente. Ante el ultraje recibido pidi√≥ ayuda a los reyes sus vecinos para formar un gran ej√©rcito capaz de combatir con el troyano, famoso por su capacidad guerrera. Muchos de ellos acudieron al llamado de Menelao, entre otros: Aquiles, Ayax, Idomeneo, Ulises y Agamen√≥n. Este √ļltimo, rey de Micenas, era hermano de Menelao, y se le confi√≥ el mando en jefe de las fuerzas griegas aliadas.

Nueve a√Īos dur√≥ el sitio de Troya, ciudad que estaba cercada por un alto y ancho muro de piedra, inexpugnable. Fracasados todos los intentos de los griegos para tomar la ciudad, distra√≠an sus ocios en frecuentes incursiones en otros pueblos vecinos, a los que entraban a saco, apoder√°ndose de las riquezas y de los hombres y mujeres j√≥venes, a los que somet√≠an a la esclavitud. Durante una de las depredaciones el rey Agamen√≥n se apoder√≥ de Criseida, una joven hija del sacerdote a cuyo cargo estaba el templo de Apolo en la ciudad saqueada. Crises, el anciano sacerdote, se dirige entonces al campamento griego como suplicante, rogando a Agamen√≥n que le devuelva a su hija, a cambio de la cual ofrece un cuantioso rescate. Reunido en el √°gora, el ej√©rcito griego opina que debe atenderse la s√ļplica del sacerdote, pero Agamen√≥n se niega. Aquiles, el m√°s fuerte y valiente de los h√©roes griegos, hijo de la diosa Tetis y el rey de los mirmidones, aconseja a Agamen√≥n que acate la opini√≥n del ej√©rcito y devuelva la joven al anciano sacerdote.

Agamen√≥n, despechado por las palabras de Aquiles, insiste al principio en su negativa; pero termina por acceder, aunque amenazando a su contrincante con sacarle a viva fuerza, de su tienda, a una esclava, Briseida, a quien el rey de los mirmidones tiene un gran aprecio. Agamen√≥n cumple su amenaza. Devuelve su hija al sacerdote a cambio del rescate ofrecido y manda varios heraldos a la tienda de Aquiles para que se apoderen de Briseida. Aquiles no se opone a que se cumpla la voluntad del general√≠simo, pero jura vengarse invocando para ello la ayuda de Tetis, su madre, que acude a su llamado desde el fondo del mar, donde tiene su morada. La diosa le aconseja entonces, lo que debe hacer: permanecer en su tienda, absteni√©ndose de intervenir en la guerra que va a desencadenarse, aunque vea morir por millares a los paladines griegos. Ella ir√° a pedir a J√ļpiter, su padre, que origine en las filas de √©stos grandes matanzas bajo las lanzas y las flechas de los enardecidos guerreros troyanos.

La promesa de Tetis se cumple. J√ļpiter enciende la guerra entre griegos y troyanos, y tan numeroso y aguerrido de los √ļltimos que aqu√©llos sufren enormes p√©rdidas en el primer encuentro.

Durante largos d√≠as se prolonga la guerra con suerte varia. Pero J√ļpiter ha decretado la derrota final de los griegos.

Si Aquiles con sus tropas se presentara en el campo de batalla, su sola presencia bastaría para trocar en derrota la inminente victoria de los troyanos; tal es el terror que inspira a sus enemigos cuando se presenta en el campo blandiendo sus dos lanzas y profiriendo su terrible grito de guerra. Mas, como si estuviera ciego ante la derrota de sus antiguos aliados, permanece en su tienda mirando impasible cómo van cayendo uno tras otro los más valientes y esforzados paladines griegos.

La derrota ha sido tremenda. Conseguida una tregua para enterrar a los muertos, los griegos alzan un muro para defender las naves. Agamen√≥n piensa en el regreso a la patria y lo propone a sus aliados. La mayor√≠a est√° de acuerdo y corre hacia los nav√≠os. Pero no es esa la voluntad de los dioses. Minerva se aparece a Ulises, rey de Itaca, y le aconseja que exhorte y aliente a los guerreros para que vuelvan al combate. Ulises es elocuente; nadie sabe argumentar como √©l, cuya fama de ingenioso es grande en toda Grecia. Su elocuencia arrebatadora enardece de nuevo a los griegos, y la guerra se reanuda. El muro defensivo no tarda en caer bajo el empuje de los troyanos, que pugnan por acercarse a las naves e incendiarlas. En ese instante, un amigo entra√Īable de Aquiles, el h√©roe Patroclo, le censura su actitud y lo incita a que intervenga con los guerreros mirmidones a favor de los griegos. Aquiles vuelve a negarse. Solamente permite, a ruego de Patroclo, que √©ste calce sus armaduras, quien as√≠ lo hace y consigue alejar a los troyanos de las naves. Patroclo es valiente y audaz. No se conforma con su victoria, sino que quiere alcanzar inmensa gloria matando a H√©ctor, el general√≠simo de los troyanos, que es el m√°s querido de los hijos de Pr√≠amo y cuya fuerza y valor son semejantes a los de Aquiles. Llega junto al h√©roe troyano y lo desaf√≠a. Se traban en lucha, y Patroclo no tarda en caer bajo la lanza de H√©ctor.

La noticia de la muerte de su amigo fraterno llena de dolor al rey de los mirmidones. ¡Ahora sí! Ahora renunciará a su juramento para vengar la muerte de su amigo. Sus armas han quedado en poder de Héctor, pues las había llevado Patroclo al combate. Pero, Tetis, su madre, que acude a su llamado nuevamente, le consigue otras magníficas, fabricadas por Vulcano, el dios forjador.

Dando terribles alaridos, Aquiles se lanza entonces al combate. Los troyanos, despavoridos ante la matanza enorme que el héroe provoca, huyen a refugiarse tras los muros de la ciudad.

Solamente queda afuera Héctor. Aquiles lo ve y corre a su encuentro; luchan y Héctor no tarda en morir bajo la lanza del enfurecido rey de los mirmidones. Aquiles despoja a su adversario de las armas, después ata el cadáver a una rueda de su carro de guerra y se lo lleva así hasta su campamento.

Grande es la desesperaci√≥n que se apodera de Pr√≠amo, el anciano rey de Troya, ante la noticia de la muerte de su hijo. Aconsejado por Minerva y guiado por Mercurio, acude a la tienda de Aquiles, se abraza a sus rodillas y le ruega que le devuelva el cuerpo de H√©ctor para tributarle los honores que le corresponden. Tan terrible es la c√≥lera de Aquiles que jam√°s habr√≠a accedido a la s√ļplica del anciano, pero J√ļpiter, deseoso de dar fin a la contienda, ordena a Tetis que aconseje magnanimidad a su hijo. Aquiles, temeroso de la c√≥lera del rey de los dioses, devuelve a Pr√≠amo el cad√°ver de su hijo, aceptando el rescate ofrecido.

Vuelve a Troya el anciano, llevando en un carro el cuerpo de H√©ctor. √Čste es colocado en una pira y quemado. Sus cenizas son guardadas despu√©s en una urna de oro y se levanta un t√ļmulo en su honor. Con el relato de estos funerales termina La Il√≠ada.

No acaban aqu√≠, sin embargo, las acciones guerreras ante el muro de Troya. Est√° decretada por J√ļpiter la ca√≠da de la ciudad en manos de los griegos y su designio se cumplir√°. Tambi√©n es fuerza que en esa acci√≥n perezca Aquiles a manos de Par√≠s, herido por una flecha en el tal√≥n, √ļnico punto vulnerable del cuerpo del h√©roe, que al nacer hab√≠a sido sumergido por su madre en la laguna Estigia para hacerlo inmortal.

La caída de Troya se debió a uno de los muchos ardides en que era ducho Ulises, rey de los itacenses. Concertada una tregua con los troyanos, hizo construir un enorme caballo de madera, que fue obsequiado a los enemigos en prenda de amistad.

Los troyanos aceptan el regalo y abren en el muro de la ciudad un boquete, pues el caballo no cabe por las puertas. Y esa noche, del vientre del enorme animal de madera salen subrepticiamente los m√°s audaces y valientes paladines griegos, entre ellos el propio Ulises. √Čstos franquean a sus compa√Īeros las puertas de la ciudad, penetran en ella las legiones griegas, y la inexpugnable Troya, v√≠ctima de la candorosa fe de sus jefes y de la fecunda inventiva de Ulises, es arrasada y sus habitantes reducidos a la esclavitud.

Terminada la guerra, los griegos se embarcan para sus respectivos pa√≠ses. No habr√≠an de terminar all√≠, sin embargo, sus trabajos y penurias, pues ya sabemos que los dioses ten√≠an acerca de ellos oscuros y caprichosos designios. Ulises no escap√≥ a tales decretos, sino que, por el contrario, fue precisamente el m√°s castigado de todos por la ojeriza de los Inmortales. Sus penurias, el regreso al hogar, y las m√ļltiples aventuras que para ello debi√≥ correr constituyen el argumento de la Odisea.

La Odisea narra el regreso del h√©roe griego Odiseo (Ulises en la tradici√≥n latina) de la guerra de Troya. En las escenas iniciales se relata el desorden en que ha quedado sumida la casa de Odiseo tras su larga ausencia. Un grupo de pretendientes de su esposa Pen√©lope est√° acabando con sus propiedades. A continuaci√≥n, la historia se centra en el propio h√©roe. El relato abarca sus diez a√Īos de viajes, en el curso de los cuales se enfrenta a diversos peligros, como el c√≠clope devorador de hombres, Polifemo, y a amenazas tan sutiles como la que representa la diosa Calipso, que le promete la inmortalidad si renuncia a volver a casa. La segunda mitad del poema comienza con la llegada de Odiseo a su isla natal, √ćtaca. Aqu√≠, haciendo gala de una sangre fr√≠a y una paciencia infinita, pone a prueba la lealtad de sus sirvientes, trama y lleva a efecto una sangrienta venganza contra los pretendientes de Pen√©lope, y se re√ļne de nuevo con su hijo, su esposa y su anciano padre.

La cuestión homérica
El texto moderno de los poemas hom√©ricos se transmiti√≥ a trav√©s de los manuscritos medievales y renacentistas, que a su vez son copias de antiguos manuscritos, hoy perdidos. Pese a las numerosas dudas que existen sobre la identidad de Homero (algunos lo describen como un bardo ciego de Qu√≠os) o sobre la autor√≠a de determinadas partes del texto, como las escenas finales de la Odisea, la mayor√≠a de sus lectores, desde la antig√ľedad cl√°sica hasta no hace mucho tiempo, creyeron que Homero fue un poeta (o como mucho, dos poetas) muy parecido a los dem√°s. Es decir la Iliada y la Odisea, aunque basadas en materiales tradicionales, son obras independientes, originales y en gran medida ficticias.

Sin embargo, durante los √ļltimos doscientos a√Īos, esta visi√≥n ha cambiado radicalmente, tras la aparici√≥n de la interminable cuesti√≥n hom√©rica: ¬ŅQui√©n, c√≥mo y cu√°ndo se compuso la Iliada y la Odisea? A√ļn no se ha encontrado una respuesta que satisfaga a todas las partes. En los siglos XIX y XX los estudiosos han afirmado que ciertas inconsistencias internas ven√≠an a demostrar que los poemas no eran sino recopilaciones, o a√Īadidos, de poemas l√≠ricos breves e independientes (lays); los unitaristas, por su parte, consideraban que estas inconsistencias eran insignificantes o imaginarias y que la unidad global de los poemas demostraba que ambos eran producto de una sola mente. Recientemente, la discusi√≥n acad√©mica se ha centrado en la teor√≠a de la composici√≥n oral-formularia, seg√ļn la cual la base de los poemas tal y como hoy los conocemos es un complejo sistema de dicci√≥n po√©tica tradicional (por ejemplo, combinaciones de sustantivo-ep√≠teto: Aquiles, el de los pies ligeros) que s√≥lo puede ser producto del esfuerzo com√ļn de varias generaciones de bardos heroicos.

Ninguna de estas interpretaciones es determinante, pero ser√≠a justo afirmar que pr√°cticamente todos los comentaristas coinciden en que, por un lado, la tradici√≥n tiene un gran peso en la composici√≥n de los poemas y, por otro, que en lo fundamental ambos parecen obra de un mismo creador. Entretanto, los hallazgos arqueol√≥gicos realizados en el curso de los √ļltimos 125 a√Īos, en particular los de Heinrich Schliemann, han demostrado que gran parte de la civilizaci√≥n descrita por Homero no era ficticia.

Los poemas son pues, en cierto modo, documentos
históricos, y la discusión de este aspecto ha estado presente en todo momento en el debate sobre su creación.

Fuente: http://mpfiles.com.ar/mitologia/Homero.htm



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