"LA CIUDACITA": PUERTA DE INGRESO HACIA UN AMANECER SAGRADO.

Fecha 24/1/2010 5:15:13 | Tema: Arqueologia

En los filos montañosos de los Nevados del Aconquija, la imponente presencia de estructuras de piedra calzadas con lajas son el preludio para el conocimiento de un paraje arqueológico.

La historia y su faceta arqueológica tienen en Tucumán un lugar para la proyección y el descubrimiento, sólo la inmensidad de valles y cumbres se transforman en el paso obligado para acceder al conocimiento y al placer didáctico que ofrece la naturaleza, esgrimida en las laderas del asentamiento de La Ciudacita.

Casi a 4.200 metros de altura, pinceladas de leyendas y mitos son trazadas en la demarcación de un contorno montañoso cuya soledad geológica es menguada por la influencia fluvial de los ríos Jaya y Las Pavas, donde sus caudales sacian la sed de todo el territorio central de los Nevados del Aconquija.

Como testimonio de una trama de misterio, se entretejen a lo largo de los filos de la montaña, una serie de pircas grisáceas de un metro de altura, que se levantan hacia el infinito, acompañadas con el juego de luces y sombras que reflejan la incandescencia de plegarias solares que bregan por abrazar, y ser parte, de esta postal paisajística.
Rituales sagrados.

Las paredes de piedra en seco encolumnan retazos de historia de la antigua civilización inca, pero los orígenes del lugar aún guardan sus secretos entre las alfombras de caminos irregulares texturados con tintes de hastío vegetal que cubren el perímetro confeccionado por el Parque Nacional Campos de los Alisos, en cuyas inmediaciones se sitúan las ruinas.
Un paraje que irradia, desde su interior, la mística de pueblos añejos, pero pioneros de nuestro destino; muchísimos años documentan sus regiones internas, tantos, que hasta los más osados, no dudarían en atravesar el sendero direccional que los separan de este sitio arqueológico, nada más que 17 kilómetros hacia el oeste desde la ciudad de Concepción, por Ruta Provincial 365, hasta el camino de tierra que conduce a La Jaya. Desde allí, demanda cuatro jornadas de caminatas o a mula, pero es el recorrido final hacia lo inimaginable, lo desconocido, una puerta hacia el pasado.

Historiadores consideran que este lugar ha sido la cuna de rituales de impregnación sagrada y espiritual para la observación de los astros y cuerpos celestes que conforman el universo, según las culturas tihuanaco o pucará inca.

La arquitectura está caracteriza por la belleza de su rusticidad, una confección maciza de dos ámbitos bien diferenciados que demarcan, por un lado, un perímetro estipulado para acontecimientos ceremoniales que se despliega en 300 metros cuadrados, con una orientación precisa hacia el este, de manera tal de erigirse como la puerta de entrada para el nacimiento de los solsticios de invierno y verano. Además, la segunda edificación adquiere una posición envolvente y circular conformado por corrales de piedras en redor.

Riqueza enigmática.

Antiguamente denominada por los arrieros como “Pueblo Viejo”, La Ciudacita, que registra su descubrimiento hacia 1949 por un geógrafo alemán, testimonia un discurso arqueológico asentado en la sabiduría mística de los incas, que estamparon su impronta del razonamiento y la inteligencia en la construcción de la Puerta del Sol o Inti Huatana, perfectamente situada en el centro ceremonial descripto anteriormente, que permite la correlación exacta en la marcación de los fenómenos astronómicos, especialmente el día del año en el que la Tierra se encuentra más cerca del sol, el 21 de diciembre (solsticio de verano). De esta forma, se confirma la plena deidad de estos pueblos para con el sol, al cual lo consideraban parte central y fundamental de su cosmovisión.

Lo enigmático de la fortaleza natural radica, precisamente, en su edificación y el lugar para llevarla a cabo, pues no hay la menor huella de que allí se pudiera haber radicado una amalgama poblacional, no se ha registrado la presencia de cementerios ancestrales, algo muy llamativo para el tipo de tribus que habitaron allí (dada su amplia concepción religiosa). Además, los efectos brindados por las inclemencia climáticas no ponderaban la puesta en marcha de un sistema de sembradío, por lo que las ideas de un campo ceremonial o un yacimiento de riquezas minerales, son los parámetros que desvelan a los historiadores para poder caracterizar la riqueza misma del lugar.

Este recinto se encuentra separado de los corrales a través de un camino cuyas dimensiones se estipulan en un kilómetro de longitud y un ancho de tres metros, calzados con lajas y grandes piedras.

Historias paralelas.

En cuanto a la divergencia sobre los pueblos originarios, hay dos posiciones establecidas: una sostiene que toda la construcción pertenece al pueblo inca, y, por ende, se estaría hablando de una antigüedad de casi 500 años. En cambio, otras instancias lo ubican en el imperio Tihuanaco (de ascendencia aymará) cuyo registro data de hace 2.000 años.

La naturaleza tiene sus agrestes emisarios que, no por ello, deban ser desestimados a la hora del recuento de las maravillas del paraje. En cuanto a la flora, se presenta como único testigo ejemplar, la yareta, árbol leñoso que crece en la región, mientras que guanacos, cóndores y chinchillas son los habitantes escurridizos de las cumbres y laderas. El viaje a La Ciudacita permite un verdadero treeking por las nubes, contemplar la inmensidad de lo desconocido y enigmático de una comarca cuya funcionalidad, aún hoy, es discutida. Santuario de dioses celestiales, embargados por un clima hostil, pero que calibra a la perfección la simetría astronómica de siglos de estudio idígenas perpetrados en el extremo sud del imperio incaico.

Fuentes: http://mundomisterio.portalmundos.com ... acia-un-amanecer-sagrado/




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