Imperdible articulo del diario Argentino CLARIN sobre extraterrestres, es.....

Fecha 17/6/2013 6:30:00 | Tema: Adolfo Gandin Ocampo

Imperdible artículo publicado en la sección CIENCIA Y TECNICA –del Diario CLARIN, el día Martes 27 de febrero de 1990, imperdible por lo soso, falto de realidad y muchísima imaginación de parte de su escritor que se aboga el título de periodista científico.- Realmente lo guardaba para más adelante, cuando se confirme totalmente la existencia de la vida en el universo aparte de la nuestra, pero ya, a la fecha y desde ese entonces (1990) este escrito carece de seriedad, las sondas en Marte ya habían encontrado vida, lo que se ocultó hasta nuestros días, las pirámides aún hoy, son una incógnita de cómo se construyeron tirando argumentos "humanos" sin ton ni son buscando la respuesta correcta, que nunca encontrarán por ese camino, hay decenas de planetas extrasolares descubiertos y varios en la zona de vida, normalmente TODA la ciencia ficción tarde o temprano se comprueba como veraz, etc., etc., etc......pero me quedo con un párrafo de éste escrito, el que comenta claramente la ineficacia para buscar vida fuera de esta amada Tierra nuestra, y dice....."carriles de razonamiento que podamos abordar....." la UNICA VERDAD de todo lo que escribió......no le da la RAZON, es de por sí, muy....limitada.-

Qué opinan?, no pierdan de leerlo.


Ing. Adolfo Gandin Ocampo
Asociación Civil UNIFA


Imagen Original

¿Existen los extraterrestres? Y si existen, ¿dónde están?.

La verdad es que la ciencia–ficción nos ha acostumbrado a ellos: buenos, malos, invasores, protectores, amenazadores; desde la Guerra de los Mundos de Wells hasta la serie Invasión
extraterrestre, que este año estuvo por tercera vez en las lucubraciones de Fred Hoyle y
Estanislav Lem, los esquivos alienígenas constituyen una de las principales atracciones
de esa rama de la literatura.

Ahora la ciencia – ficción, como tantas veces, no hace sino anticipar convicciones y
deseos profundos de la inteligencia humana, e intenta responder a las preguntas que
naturalmente aparecen sólo mirando el cielo nocturno, parcial y difuminado por las
luces ciudadanas: ¿Puede ser que seamos los únicos?. ¿Es concebible que en la inmensa
multiplicidad de los mundos, sólo aquí hayan prosperado la vida y la inteligencia?. La
intuición de que nuestra especie no es la excepción sino más bien la regla, es, en
realidad, muy antigua.

Desde Lucrecio, en el siglo I a. de C., hasta Huygens en el siglo XVI, o Gauss en el
XIX, que propuso talar bosques en forma geométrica para configurar una señal visible
desde otros planetas, la idea fue corriente entre los científicos. Y entre el público en
general; también, al fin y al cabo, nadie se hubiera asustado tanto durante la celebre
transmisión de Orson Wells anunciando un desembarco marciano si no lo creyeran estrictamente posible.

La inmensa mayoría de los astrónomos y los cosmólogos no se queda atrás: creen
firmemente en la existencia de inteligencia extraterrestre. Pero no se limitan a creerlo:
algunos de ellos se han dedicado a reflexionar sobre la inteligencia extraterrestre, han
realizado congresos sobre el tema, han sacado conclusiones, han clasificado
civilizaciones hipotéticas, e incluso han intentado buscarlas.

Han enviado mensajes, mediante radiotelescopios, y han explorado el cielo en busca de
señales de nuestros compinches en el universo. Y uno puede hacerse la pregunta: ¿hay
alguna evidencia que preste soporte científico a todos estos afanes?
La respuesta estricta a la pregunta anterior: ¿Hay algún tipo de evidencia empírica que
permita afirmar de manera razonable que los extraterrestres existen? Es un sencillo y
directo “no”. Nada ha apoyado hasta ahora la hipótesis de existencia de vida en el
universo fuera de la “Tierra”, y menos inteligencia. Todos los relatos sobre platos
voladores y variedades diversas y análogas han demostrado ser puras fantasías y jamás
han resistido el más mínimo examen. Y es lógico: resulta por lo menos ridículo que un
grupo de alienígenas emprenda un viaje intergaláctico para tomar una cerveza con un
granjero de Kansas o para asustar a un camionero que recorre la ruta Buenos Aires –
Bahía Blanca. Si así lo hicieran, o lo hubieran hecho, demostrasen tan sólo ser muy
poco inteligentes.

Otra variante del pensamiento mágico sobre el tema está constituida por las visitas en el
pasado, tal como aparecen en El Retorno de los Brujos o en los libros de Von Däniken,
o aún en 2001, de Arthur Clarke.

Según estas versiones, ya se habrían producido desembarcos extraterrestres en algún
momento de la historia, con propósitos de tipo educativo – ayudar a construir las
pirámides, apuntalar un canal de riego, subir hasta la cumbre de Machu Pichu las
piedras para construir la ciudad.

Desgraciadamente para los adictos a este tipo de
teorías, hay un punto en que fallan: si se tiene en cuenta la disponibilidad de mano de
obra relativamente barata que tenía el faraón, por ejemplo, es mucho más fácil explicar
de una manera muy humana cómo se arrastraron y apilaron aquellas piedras, que
comprender por qué una civilización inteligente, capaz de viajar por el universo, iba a
tomarse el trabajo de cruzar la galaxia para participar en la construcción de un modesto
monumento funerario – en términos cosmológicos aún las pirámides pueden catalogarse
de modestas – y luego esfumarse sin dejar otro rastro – ni siquiera sugerir la adopción
de un sistema de escritura más cómodo que los jeroglíficos. Agregando, de paso el poco
optimismo que muestran esos autores, al no considerar la posibilidad que el hombre
tiene que construir su propia historia sin ayuda externa.

Pero dejando de lado las propuestas de ufólogos (cazadores de objetos voladores no
identificados), receptores de mensajes alienígenas, trucadores de fotos y marginales
seudocientíficos de diferente laya, y a pesar de la falta de evidencia empírica, razonar
sobre civilizaciones galácticas dista de ser un devaneo. Porque “no hay evidencia” es la
respuesta en sentido estricto, nada más. Aunque es cierto que ningún hecho corrobora la
existencia de vida fuera de nuestro planeta, los hechos no lo son todo. Las
especulaciones científicas que no dudan sobre la existencia de inteligencia extraterrestre
se basan en supuestos muy fuertes – y estos sí, con una violenta base empírica – en
primer lugar, “el principio de uniformidad”.

Según nos informan telescopios, radiotelescopios y otros opios por el estilo, el universo
es isótropo en todas direcciones, esto es, “todas las regiones del cosmos son idénticas,
compuestas por los mismos materiales y sujetas a las mismas leyes”. En segundo lugar,
tenemos una buena idea de cuál es el sitio que ocupamos en el universo: el Sol es una
estrella entre otros cien mil millones de estrellas que pueblan nuestra galaxia: la “Vía
Láctea”. Pero la ella, apenas pesa en un universo donde las galaxias se cuentan
por millones de millones.

La presencia de carbono, oxígeno y de moléculas orgánicas en las estrellas y en el
espacio interestelar es testimonio de la generalidad de la química del carbono. Resulta
realmente absurdo pensar que en ese cosmos uniforme e inmenso sólo un lugar
minúsculo y remoto haya sido el escenario apropiado para la peculiar combinación de
reglas químicas que permiten la vida.
Sí, ¿pero dónde?
En el Sistema Solar, no. Nuestros colegas planetarios se han mostrado muy poco vitales,
a pesar de las esperanzas puestas en la sonda Viking, que exploró la superficie de Marte
en 1976 – sin encontrar nada – y muchos ojos se vuelven ahora hacia Titán, el gran
satélite de Saturno, que posee una atmósfera de donde hipotéticamente se podría
desarrollar una vida primitiva. Hay que buscar más allá. Y más allá del Sistema Solar, el
vacío es espantoso: la cuidadosa búsqueda de objetos subestelares – planetas – ha dado
magros resultados (los objetos subestelares, al carecer de brillo son difíciles de
observar). Sólo se han detectado, hasta ahora, algunos posibles discos protoplanetarios
(nubes de polvo a partir de las cuales se formarían los planetas), pero planetas cantantes
y sonantes, ninguno. Aunque hay candidatos: la estrella HD 114762 presenta
variaciones atribuibles a la existencia de un planeta a su alrededor, diez veces más
masivo que Júpiter. Posibilidades, nada más.

Un grupo de científicos decidió estimar estas posibilidades: así surgió la fórmula de
“Green Bank” (o de Drake) multiplicando la probabilidad que una estrella tenga
planetas, que un planeta tenga condiciones apropiadas, que las condiciones
apropiadas puedan dar origen a la inteligencia, que una civilización efectivamente
surja, que alcance el estadio tecnológico, etcétera. El cálculo de cada una de las
cifras es grueso y muy poco convincente. Sin embargo, los resultados son
impresionantes: la fórmula de Drake estima la existencia de una cantidad de varios
cientos de civilizaciones sólo en nuestra galaxia, en el peor de los casos, y de un millón
en el mejor. Aunque “nada avala esta conclusión”, y aunque la fórmula de Drake, así
como sus resultados son más dudosos, coincide con las intuiciones profundas que
derivan del principio de uniformidad. Si bien no se puede decir que sean ciertos,
merecerían serlo.

En “Solaris, Stanislav Lem” describió un planeta casi cubierto por un océano
inteligente, con un tipo de pensamiento completamente inaccesible para nosotros. En
“La nube negra”, el astrónomo y escritor inglés Fred Hoyle propuso una nube que
alberga núcleos dispersos que, al comunicarse de manera instantánea, funcionan como
un todo. La variedad de formas posibles o imaginables es infinita y se va desde las
antropomorfizaciones más ingenuas y brutales – cómo E.T. o los lagartos de Invasión
Extraterrestre – hasta la vida sobre una estrella de neutrones sugerida por Robert
Forward. Podría haber vida – y vida inteligente – basada en la química del silicio. ¿Por
qué no? El universo seguramente es mucho más estrambótico que nuestra imaginación,
ya lo han probado reiteradas veces. ¿Quién imaginó previamente un “quasar”, o una
“lente gravitatoria”. Sin embargo, el intento de abordar la cuestión científicamente
exige cautela, “y carriles de razonamiento que podamos abordar: el antropomorfismo
es uno de ellos”. Si tratamos de buscar, más o menos al azar, con una remota esperanza
de éxito, hagámoslo con algo de lo cual tengamos una idea.

Sobre esta hipótesis antropomórfica: “si nosotros pensamos en enviar señales, ellos
también, o...., si nosotros tenemos ciencia, ellos deben tener una ciencia parecida a la
nuestra”, con la fórmula de Drake en una mano, y el principio de uniformidad en la
otra, se han montado verdaderos programas de búsqueda de inteligencia extraterrestre.

Enormes radiotelescopios exploran el cielo buscando señales que puedan ser
consideradas artificiales (demás está decir que hasta ahora sin ningún resultado).

Se ha construido una verdadera disciplina – la bioastronomía – que se ocupa de rastrear
signos y posibilidades de vida fuera de nuestro planeta, o que se plantea problemas
sobre cómo enviar una señal de tal manera que se pueda identificar como inteligente,
problema nada trivial, por cierto. Incluso se han clasificado a las posibles civilizaciones
estelares, según el dominio y el tipo de energía que manejen. Todo el asunto es
naturalmente, muy vago, y deja mucho lugar a la imaginación. No obstante lo cual, la
convicción de que “efectivamente” somos tan sólo una especie inteligente entre muchas
esparcidas por el cosmos, y el sólo hecho de trabajar sobre esa razonable hipótesis,
permite una mirada , derriba mitos, y destruye cierta – no siempre
confesada – creencia en lo eterno e invulnerable de la humanidad. Vale la pena recordar
que la fórmula de Green Bank incluye un coeficiente que estima la posibilidad que
««una civilización tiene que sobrevivir a su propia tecnología»».


SIN PALABRAS, NO?



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