EL SIMBOLISMO DEL NÚMERO 8 EN EL TAMBO DE LLACTAPATA (+VÍDEO)

Fecha 28/6/2012 2:40:00 | Tema: Enigmas y Misterios

AUTOR :: YURI LEVERATTO.

Desde tiempos antiguos, el número 8, en la figura del octágono, por ejemplo, ha simbolizado el sendero para alcanzar la Divinidad.
Mientras que el cuadrado era el símbolo de la Tierra con los cuatro puntos cardinales, y el círculo siempre representó al Sol y, por tanto, a la Divinidad máxima, el octágono era simbólicamente la forma geométrica que indicaba el camino hacia Dios.

Enviado por Rosa Santizo Pareja para UNIFA.


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También en la filosofía budista el número 8 es de importancia fundamental, pues Buda señaló al sendero óctuple, en efecto, como la vía para llegar a la liberación del sufrimiento.

De otra parte, en la filosofía judeocristiana las referencias al número 8 son tantas que es difícil enumerarlas. La resurrección de Cristo es considerada simbólicamente como el octavo día de la creación. Muchísimas iglesias, baptisterios, claustros, fuentes e incluso castillos (por ejemplo, Castel del Monte) fueron construidos en planta octogonal justamente para simbolizar el sendero que necesita el hombre para purificarse y luego unirse con la Divinidad. Además, desde un punto de vista puramente simbólico, el número 8 representa la unión de la cruz (eje del mundo) con el cuadrado (la Tierra).

También el famoso símbolo del Taoísmo, que reúne el concepto del Ying y Yang, está circundado por 8 trigramas dispuestos según una lógica octogonal.
Si luego nos desplazamos al Egipto del período tolemaico, encontramos un hallázgo de fundamental importancia para conocer el mundo antiguo: el zodiaco de Dendera, en el cual se muestran las doce constelaciones, y son doce seres antropomorfos -si bien provenientes de 8 direcciones- los que lo sostienen simbólicamente.
Así, como puede verse, el simbolismo del número 8 tuvo una esencial relevancia en la mayoría de las culturas y filosofías del mundo antiguo y medieval.

No obstante, como bien sabemos, el mundo medio-oriental estuvo en contacto con el Nuevo Mundo desde tiempos de los Sumerios (ver mis artículos sobre la Fuente Magna y el Monolito de Pokotia).

Luego, Suramérica fue visitada y explorada parcialmente por los Fenicios (ver mi artículo sobre el Petroglifo de Ingá) y por pueblos megalíticos (ver mi artículo sobre el Crómlech de Calcoene). Cabe luego la posibilidad de que pueblos medio-orientales y después cartaginenses hayan explorado el interior del continente (ver mis artículos sobre la Cueva de los Tayos y sobre el Manuscrito 512).



A la luz de lo anterior es posible plantear entonces que muchas tradiciones simbólicas originariamente medio-orientales y mediterráneas hayan sido absorbidas por los pueblos indígenas del Nuevo Mundo, los cuales las hicieron suyas.
Una de estas tradiciones simbólicas es el culto de la serpiente (ver mi artículo sobre la Kundalini). Es bien sabido, en efecto, que la serpiente, en las culturas medio-orientales, era considerada símbolo de vida, de regeneración, exactamente como en las culturas indígenas del Nuevo Mundo.

Durante nuestra exploración en la cordillera de Paucartambo, efectuada en septiembre de 2011, tuve la posibilidad (junto al grupo de Gregory Deyermenjian, al que pertenecía) de reconocer y estudiar dos zonas arqueológicamente distintas, una de las cuales era absolutamente desconocida.
Me refiero a la interesante ciudadela pre-inca de Miraflores, una fortaleza construida por una civilización ignota en tiempos pre-incaicos, que probablemente tenía la función de centro de producción agrícola, pero también, dado que el alimento era considerado sagrado en las culturas tradicionales, una función ritual.

El centro ceremonial de la ciudadela de Miraflores está constituido por una explanada central delimitada por un muro de unos 2 metros de altura y caracterizado por 4 cavidades cuadrangulares. Sin embargo, en mi opinión, el muro era más largo antes y podía tener 8 huecos, justo como el que analizamos en la misma expedición, pero situado a una altitud más baja respecto a la ciudadela pre-incaica de Miraflores, denominado Tambo de Llactapata.

Los “tambos” eran construcciones utilizadas por los Incas y por los pueblos pre-incas para descansar e intercambiar productos comerciales. El de Llactapata (en quechua “ciudad alta”) es una construcción dotada de tres lados cuyo muro principal, de aproximadamente 1,60 metros, está caracterizado por la presencia de 8 cavidades cuadrangulares de unos 50 centímetros de profundidad, que en mi opinión eran utilizadas por motivos ceremoniales.

Hay que señalar que se planteó la hipótesis de que fueron usadas como hornos, pero en mi opinión esto no corresponde a la verdad ya que si lo hubiesen sido, hubieran sido construidos más abajo y no a una altura de unos 140 cm del suelo.
Queda la hipótesis ceremonial: las hendiduras eran quizás utilizadas para colocar ofrendas, como por ejemplo hojas de coca, granos de maíz u otros objetos sagrados con el fin de propiciar una acción favorable de la Divinidad máxima. No obstante, permanece la duda del por qué fueron construidas justamente 8.

¿Es posible que durante los viajes ocasionales de los pueblos del mundo medio-oriental a Suramérica haya habido un proceso de sincretismo de algunas tradiciones y simbolismos antiguos de parte de los pueblos andinos?
Esta posibilidad, que ya en parte fue demostrada con el simbolismo de la serpiente (ver mi artículo sobre la Kundalini), podría valer también para el simbolismo del número 8, el cual tiene raíces profundas en el mundo medio-oriental y asiático.

Lamentablemente, se sabe aún muy poco de los constructores del Tambo de Llactapata y de la ciudadela pre-inca de Miraflores. Se plantearon hipótesis sobre la posibilidad de que hayan sido los Huari quienes las construyeron, pero la falta de serios trabajos de excavación, debida incluso a la extremada lejanía entre la cordillera de Paucartambo y los centros habitados, impide por ahora la posibilidad de arrojar luz sobre los sucesos de aquel lejano pasado.

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