DE LAS GUERRAS CELESTIALES.

Fecha 19/4/2012 15:20:00 | Tema: Enigmas y Misterios

Las Guerras Celestiales son acaso el primer conflicto bélico del universo, una serie de guerras, batallas y escaramuzas cuyo origen nadie conoce con certeza.

Enviado por Rosa Santizo Pareja para UNIFA.

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Una idea paradigmática de las Guerras Celestiales es la imagen del arcángel Miguel, comandante en jefe de los ejércitos divinos, enfrentándose al Dragón, nada menos que Satanás, el gran rebelde que eligió su individualidad sobre cualquier otro don de Dios. Pero esta es apenas una de las tantas imágenes y referencias poderosas que nos remiten a ese conflicto primigenio.

El Libro de las Revelaciones se√Īala que Miguel y sus √°ngeles fueron enviados por Dios para exiliar a Satan√°s de su reino. La batalla fue encarnizada y se extendi√≥ desde los c√≠rculos m√°s altos del cielo hasta las cumbres de nuestras monta√Īas, sacudiendo los cimientos de la Tierra. Parad√≥jicamente, algunos ensayos sobre el Libro de las Revelaciones sostienen que el inicio de las Guerras Celestiales tuvo lugar antes de la Creaci√≥n, cosa poco probable si tenemos en cuenta que Isa√≠as denuncia haber visto descender a Lucifer de como un rayo precipit√°ndose hacia los abismo.

Otra fuente interesante sobre las Guerras Celestiales son los Manuscritos del Mar Muerto, en donde se narra la Guerra de los hijos de la luz contra los hijos de la oscuridad, refiriéndose claramente a los ángeles fieles a Dios y las huestes en consonancia con Satanás.

All√≠ se se√Īala que, al igual que Dios, quien se mantuvo al margen del conflicto, al menos de un modo activo, Satan√°s tambi√©n comand√≥ a sus ej√©rcitos desde la retaguardia, encomend√°ndole a Belial el ordenamiento de sus defensas. Los Manuscritos del Mar Muerto son menos definitivos que El libro de las Revelaciones, donde Miguel y sus esbirros derrotan con relativa facilidad a los √°ngeles de las tinieblas. Aqu√≠, la guerra se desarrolla a lo largo de siete batallas de extraordinaria crudeza, y suma un elemento capital para la comprensi√≥n del conflicto.

Seg√ļn los Manuscritos, Miguel y su ej√©rcito son √°ngeles de Dios, es decir, entes sobrenaturales cuya voluntad vibra al un√≠sono con la esencia del Creador, en consecuencia, carecen de libre albedr√≠o, lo cual se traduce en cierto automatismo basado en los postulados divinos. En otras palabras, los √°ngeles de la luz act√ļan acorde a su Creador, no eligen, no resuelven por s√≠ mismos, sino que ejecutan sus √≥rdenes. Satan√°s, ya liberado de las cadenas de humildad y obediencia, aplica toda su l√≥gica para la organizaci√≥n y log√≠stica del conflicto, forzando a sus s√ļbditos a resolver y pensar por s√≠ mismos la mejor manera de repeler la avanzada divina, poniendo en un verdadero aprieto a los ej√©rcitos celestes.

Es interesante c√≥mo los Manuscritos detallan a los √°ngeles de la luz como due√Īos de una voluntad implacable. En sus corazones arde una sola idea: cumplir los designios de Dios, es decir, expulsar a Satan√°s y sus traidores del cielo. Por otro lado tenemos al Se√Īor de las Tinieblas, cuya estrategia se basa en todo lo contrario; impulsar a que sus soldados piensen por s√≠ mismos, que luchen, s√≠, por la causa, pero siempre desde un marco que estimula la individualidad por encima de los deseos y necesidades del grupo.

En este sentido, las Guerras Celestiales, al menos desde el √°ngulo de Satan√°s, son un mensaje claro de que la victoria es irrelevante, adem√°s de imposible si tenemos en cuenta que el gestor de los √°ngeles de la luz es nada menos que una entidad omnipotente, en otras palabras, invencible.

Isa√≠as menciona la ca√≠da final de Lucifer (Isa√≠as 14:4-17) pero el pasaje alude el asunto superficialmente, m√°s interesado en utilizar la met√°fora para referir a cuestiones pol√≠ticas de su tiempo, entre ellas, la ca√≠da del rey de Babilonia. No obstante, esta frase es citada a menudo como el momento en que concluy√≥ la √ļltima Guerra Celestial al caer Lucifer de las alturas:

¬°C√≥mo has ca√≠do del cielo, oh Lucero, hijo de la ma√Īana! Cortado fuiste por tierra, t√ļ que debilitabas a las naciones. T√ļ que dec√≠as en tu coraz√≥n: Subir√© al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantar√© mi trono, y en el monte del testimonio me sentar√©, a los lados del norte.

La tradici√≥n judeo-cristiana apunta a Satan√°s como la causa primigenia del conflicto, acus√°ndolo simplemente de "pensar por si mismo". Con el correr de los siglos, el argumento se fue empobreciendo, en particular cuando los hebreos tomaron contacto fluido con el pueblo griego, que alabar√≠a esa cualidad por encima de la prepotencia divina; de modo que tambi√©n se lo acus√≥ de soberbia, de considerarse un igual de Dios, paralelo que, en cierta medida, no era falso; ya que despu√©s de Dios la √ļnica criatura en el universo capaz de "pensar por si mismo" fue Satan√°s.

El poeta ingl√©s John Milton (1608‚Äď1674) sugiere en El Para√≠so perdido (Paradise Lost) que las Guerras Celestiales tuvieron un origen diferente, y que fueron provocadas por la negaci√≥n de Satan√°s y sus aliados a arrodillarse frente a Ad√°n como muestra de sumisi√≥n ante la criatura preferida del Se√Īor. M√°s adelante, tambi√©n se sugiere que Satan√°s se sinti√≥ traicionado por Dios al mantener en secreto la existencia de su hijo, el Mes√≠as, como veh√≠culo para corporizarse en la Tierra a su debido tiempo.

En las postrimer√≠as eruditas de las Guerras Celestiales, Carl Jung apunta que el conflicto no tiene lugar en un pasado remoto ni en las amplias llanuras del Cielo, sino en el alma humana. Las Guerras, seg√ļn este gigantesco pensador, son eternas, perpetuas, continuas, se inician con el despertar de la conciencia humana, y su campo de batalla es nada menos que el coraz√≥n de cada hombre y mujer sobre la Tierra.

Para concluir, y acaso como homenaje a los vencidos, nos quedamos con el gran discurso de Satanás a sus ejércitos luego de la Caída, cuando la derrota y la desazón se apodera de los ángeles de la oscuridad, recluídos para siempre en las vastas cavernas del infierno.

John Milton imagina las siguientes palabras:

¬°Legiones de esp√≠ritus inmortales! ¬°Dioses con quienes s√≥lo puede igualarse el Omnipotente! No dej√≥ aquel combate de ser glorioso, por m√°s que el resultado fuera adverso, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. Pero ¬Ņqu√© esp√≠ritu, por previsor que fuera, y por m√°s que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente, habr√≠a temido que la fuerza unida de tantos dioses como estos, llegar√≠a a ser rechazada? ¬ŅQui√©n podr√≠a creer, aun despu√©s de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones, cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volver√≠an en s√≠, levant√°ndose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a m√≠, todo el ej√©rcito celeste es testigo de que ni las opiniones contrarias a la m√≠a, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, hab√≠a estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputaci√≥n, por el consentimiento o la costumbre, hac√≠a ante nosotros ostentaci√≥n de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alent√≥ a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. Ahora ya sabemos cu√°l es su poder y cu√°l el nuestro, de modo que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. Lo mejor que podemos hacer es fomentar alg√ļn secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por la fuerza, para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias sobre su enemigo. El espacio puede producir nuevos mundos, y sobre esto circulaba en el cielo hace tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generaci√≥n que sus predilectas miradas contemplar√≠an como igual a la de los hijos del cielo. Contra ese mundo podr√≠amos intentar nuestra primera agresi√≥n, tan siquiera como ensayo; contra ese o cualquier otro, porque este antro infernal no retendr√° cautivos para siempre a los esp√≠ritus celestiales, ni estar√°n sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¬Ņqui√©n pensar√≠a en someterse? ¬°Habr√° guerra! ¬°Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!

John Milton, El paraíso perdido (Paradise Lost)

Aelfwine.

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