Para los egipcios, el hombre era un compuesto de cuerpo, alma y otro elemento que ellos llamaban Ka, el doble. A éste se le concebÃa como una especie de genio invisible o sombra que acompañaba a cada persona, que nacÃa con ella, pero le sobrevivÃa después de la muerte.
Los egipcios creÃan en la otra vida y, por consiguiente, en la supervivencia de una parte esencial del hombre.
Caldea, Asiria, Grecia, pueden ufanarse también de sus templos; mas si hay algo único en el mundo, y especial del valle del Nilo, son esas tumbas gigantescas, las pirámides, las mastabas; las cavidades abiertas en la roca a 20 y 25 m de profundidad, como en Saqqarah, hipogeos tallados en la montaña, que penetran hasta 200 m, como en Tebas, y momias tan bien preparadas, que se han conservado durante 4.000 años. Esfuerzo tan gigantesco sólo tiene una explicación y es la creencia obsesionante en la vida de ultratumba.
Los textos de las pirámides son muy expresivos y nos describen al faraón triunfando con los dioses: ¡Oh, Unas, no; tú no has muerto; lleno de vida has ido a sentarte en el trono de Osiris! ¡El cetro está en tu mano, y tú das las órdenes a los vivientes!
El Libro de los Muertos traduce aún mejor esta universal creencia.
Éste era tan útil en la otra vida que cada uno querÃa llevarlo consigo a la tumba y regalar un ejemplar de este libro era prestar al difunto un señalado favor. Su contenido era una colección de instrucciones para que el alma supiera orientarse en el otro mundo y salvar todos los obstáculos por medio de encantamientos, plegarias y recitaciones de fórmulas ante los dioses y los genios custodios de las moradas subterráneas. Él les enseñaba la manera de procurarse una barca para atravesar los canales, y los senderos hasta el campo de la felicidad, llevando el plano de los pasajes más difÃciles y el retrato de los enemigos. En fin, era una guÃa ilustrada del mundo de los espÃritus.
Los mastabas de la VI dinastÃa contienen amenazas contra los violadores de la mansión sagrada del difunto:
-Si un hombre entra en esta tumba para robar como un ave de rapiña, será juzgado por el dios grande, señor de Amenti, en el lugar de la justicia, e inmediatamente después, el difunto comienza su propio panegÃrico, como si estuviera compareciendo ante el juez: Yo no he mentido ante el tribunal, yo no he pronunciado juramento en falso, etcétera. En una época remota, el más allá era la tumba misma. En ella vivÃa el cuerpo, el espÃritu, el alma, el doble, comiendo y bebiendo de las ofrendas que le habÃan dejado los piadosos supervivientes. Bajo la influencia de esta idea, se construyeron las magnÃficas mastabas de Saqqarah.
Más tarde, en la VI dinastÃa, aparecen concepciones más extensas y elevadas: -Que vaya por buenos caminos, que le acompañen sus dobles, que sea acogido por el dios y guiado por los senderos excelentes por donde marchan los bienaventurados, que llegue, por fin, a reunirse con el gran soberano de Occidente.
Luego se creyó que los muertos iban a reunirse ante Osiris y formaban un reino semejante a la sociedad terrestre, y sólo en último lugar apareció la obligación de comparecer ante el tribunal de Osiris. En el juicio, éste se hallaba sentado en su trono, asistido de 42 jueces. Delante de él habÃa una balanza, en uno de cuyos platillos se hallaba una hoja erecta que simbolizaba la justicia y en el otro estaba el corazón. Thot, el secretario de los dioses, anotaba el resultado de esta pesada.
En un ángulo, un monstruo esperaba para ejecutar la sentencia. El difunto asistÃa a la escena, mas no como espectador indiferente, sino con derecho a hablar y a proclamar su inocencia, y entonces tenÃa lugar, la llamada confesión negativa, es decir, la defensa.
Cuando el faraón, envuelto en mil vendas, perfumado y preparado su cuerpo momificado, habÃa sido depositado en su última morada en el centro de la montaña de piedra, numerosos laberintos y barreras cerraban para siempre su salida al mundo exterior. Para las ofrendas del pan, de la cerveza y de las vÃctimas era necesario un templo.
En el Imperio Antiguo se le encuentra adherido a la faz oriental de la pirámide, comunicando con el valle por un largo corredor. En los mausoleos de los señores, las "mastabas", la momia reposaba en una cavidad profunda, ricamente adornada.
Encima se levantaba el templo, que comprendÃa varias salas, con paredes revestidas de finos bajo o altorrelieves.
En el Imperio Nuevo en Tebas, los faraones, en vez de pirámides hicieron labrar sus tumbas en la roca viva de las montañas, verdaderos palacios subterráneos, y se aseguraron un servicio religioso por medio de fundaciones análogas a las de los templos.
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