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Sucedio en la historia OVNI : El caso OVNI Balvidares,
Enviado por adolfo gandin ocampo el 26/4/2013 11:40:00 (834 Lecturas)

Investigacion Roberto Banchs

El soleado lunes 29 de octubre de 1973, Carlos Argüello Balvidares, 43 años, se trasladó en compañía de uno de sus nueve hijos, Manuel, de 12, desde su vivienda situada en la localidad bonaerense de General Pinto, hasta un campo distante 25 kilómetros al nordeste, en Günther, perteneciente al mismo Partido de Gral. Pinto, propiedad de la familia Urricariet, donde se desempeñaba como encargado.

Carlos Balvidares, en una foto de la época, mate en mano, invitando a los ETs.

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Informa desde UNIFA
Ing. Adolfo Gandin Ocampo


Debido a las intensas lluvias registradas en aquellos días, los caminos se hallaban intransitables, siendo necesario que utilizaran un caballo cada uno. El predio en el cual realiza sus tareas posee una laguna de regular extensión y es cruzado, a poca distancia, por un ramal del Ferrocarril Gral. San Martín.

En un descanso de sus rutinarias tareas, Carlos Balvidares comenzó a tomar una infusión de mate en una suerte de puesto abandonado, en medio del campo. Allí se encontraba, cuando su hijo Manuel lo alerta de la presencia de tres individuos que estaban en la laguna, a unos 100 metros del lugar, confundiéndolos con niños.

Al observarlos con mayor atención, Carlos fue comprendiendo que eran extraños, y exclamó: “¡esto no es cosa buena!”. Su hijo, asustado, no quiso seguir mirando. Se trataba de tres sujetos que, al parecer, flotaban sobre el agua, junto al molino y a espaldas de los testigos.

Carlos se aproximó unos 80 metros, notando entonces que se asemejaban -por la cabellera- a dos hombres y una mujer. Comenzó a llamarles con la calabaza del mate en ­su mano para que compartieran dicha infusión. Los extraños miraron hacia atrás, en di­rección a Balvidares, y desaparecieron de inmediato, para volver a mostrarse en la orilla opuesta de la laguna, a unos 300 metros del lugar. El paisano controló su reloj y ve que eran las 17,20 horas.

La figura femenina tenía 1,60-1,65 m de estatura, y talla normal. Estaba íntegramen­te vestida con ropa de color negro. Su cabello era también negro que, al moverse, se notaba que era largo. Llevaba unas botas del mismo color, con una franja blanca, y terminaban en la parte alta, del empeine, en una especie de aletas que se abrían para los costados en forma de abanico.

Los hombres eran un poco más bajos que la mujer. Su cabello parecía que tenía fijador y su piel expuesta el Sol por su coloración. Daban la impresión de estar desnudos, o cubierta por una vestimenta bien tomada al cuerpo. En la mujer era más notorio.

El cabello de las figuras masculinas era rubio y se destacaba la tez blanca, la frente ancha y la nariz pequeña. Se trasladaban, según Carlos, con los brazos y piernas fijados al cuerpo.

De acuerdo al informe producido originalmente, Carlos Balvidares pudo observar en el mismo sector donde se localizaban los individuos, a 20 m del alambrado y posada sobre la tierra, una forma intensamente luminosa, de forma rectangular de unos 5 o 6 metros de longitud y de unos 2 a 3 m de altura. Del centro del objeto salía una especie de haz luminoso de unos 0,40 m de diámetro, que llegaba hasta su posición y le encandila­ba, produciéndole cierta sensación calórica.

Siendo la intención de Carlos ponerse en contacto con los extraños individuos, tomó su caballo y se introdujo en la laguna, en dirección a ellos. Pero al avanzar, trata­ban de alejarse -en particular- hacia el objeto. El testigo sólo consiguió recorrer la mitad del trayecto, hasta unos 150 metros de los sujetos, donde “una especie de barrera invisible” le impidió seguir adelante. El caballo no le respondió más, pese a continuos esfuerzos para que avanzara en la hondonada superficie del fangoso terreno.

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Ilustración del encuentro según la revista Cuarta Dimensión, No. 11, febrero de 1975.

A vista de la situación, Carlos Balvidares regresó al puesto, donde sentado en un banco siguió tomando mate y con la observación que se había iniciado más de media hora antes. Mientras tanto, los sujetos desarrollaban curiosas actitudes a 30 o 40 metros del objeto. Se trasladaban de un punto a otro mediante pequeños saltos. La mujer parecía que dirigía a los otros dos individuos. Iba siempre adelante y cuando, por ejemplo, levantaba un brazo, uno de los hombres se alejaba unos tres metros. Se detenía y ense­guida se comunicaba con los otros dos a través de una suerte de chillido, como el sonido producido por una radio mal sintonizada, pudiendo oírse nítidamente. Luego se sentaban en cuclillas y parecía que estuvieran midiendo, como si hicieran rayas en el suelo y adoptaban otra serie de raros movimientos o posturas, ininteligibles para el testigo.

En determinado momento los individuos se aproximaron a un pequeño tanque de fibro-cemento ubicado en las cercanías de la laguna. Detrás de él se agazaparon, moviéndose como si espiaran desde ese lugar.

Más tarde y siempre con la idea de llegar a ellos, no pudiendo hacerlo por el a­gua, Carlos pensó efectuar un rodeo por tierra firme, aunque le significara recorrer un trayecto más largo.

Eran las 18,50. Montó nuevamente su caballo y en ese momento los extraños se dirigieron hacia el objeto que descansaba en tierra. Detuvo entonces al equino y quedó obser­vando. Pudo apreciar que el objeto destellante resultaba más alto que los visitantes, y que sus vestimentas cambiaron de color a verde oscuro y anaranjado. Este cambio ocu­rrió en los hombres, en tanto que la mujer no alteró la tonalidad negruzca de su traje.

Una cerda que estaba encerrada en un chiquero ubicado junto a los testigos, luego de saltarlo de manera inhabitual, huyó rápidamente. Fue entonces cuando Carlos sintió un olor a azufre, seguido de una sensación de sueño o sopor que lo invadió por instantes.

Cuando se repuso, Carlos ya no observaba ni a las personas ni a la luz, que por más de una hora y media habían acaparado su atención. Eran las 18,55 horas.

El testigo parece no haberle otorgado importancia a los lugares recorridos por los individuos, presuntos tripulantes de la nave, y sólo a requerimiento de algunos curiosos inspeccionó la zona. De esta manera fue cómo se hallaron huellas nítidas en un ra­dio de aproximadamente 20 metros en cercanías de la laguna.

No habiéndose hecho calcos en yeso, se recogió la opinión de varias personas que pudieron observarlas, indicando su extraña apariencia. Cada huella tenía forma triangu­lar, con un vértice bastante pronunciado. Los expertos vieron allí la parte del ta­lón, que se abre en una especie de “garras”. Medían entre 10 a 15 cm.

También se habrían descubierto en el sitio donde se encontraba el objeto, o la luz, cuatro huellas en forma de triángulo cada una de ellas, dispuestas en forma cuadrangu­lar, a cuatro metros una de la otra. Daban la impresión que fueron hechas por un molde triangular de unos 40 cm de altura, con su interior hueco y con un borde de unos 5 cm. La tierra no muestra signos de quemadura, aunque Carlos habría manifestado que el pas­to no crece allí con la misma facilidad que en otros sitios.
Günther (Gral. Pinto): Seres del espacio… terrestre (Primera parte)
Posted by :luisrn On : octubre 25, 20080
Category:. Los Identificados (Roberto Banchs), Extraterrestres, General, Ovnis



GÜNTHER (Gral. Pinto): SERES DEL ESPACIO… TERRESTRE

Roberto Banchs

El soleado lunes 29 de octubre de 1973, Carlos Argüello Balvidares, 43 años, se trasladó en compañía de uno de sus nueve hijos, Manuel, de 12, desde su vivienda situada en la localidad bonaerense de General Pinto, hasta un campo distante 25 kilómetros al nordeste, en Günther, perteneciente al mismo Partido de Gral. Pinto, propiedad de la familia Urricariet, donde se desempeñaba como encargado.

Carlos Balvidares, en una foto de la época, mate en mano, invitando a los ETs.

Debido a las intensas lluvias registradas en aquellos días, los caminos se hallaban intransitables, siendo necesario que utilizaran un caballo cada uno. El predio en el cual realiza sus tareas posee una laguna de regular extensión y es cruzado, a poca distancia, por un ramal del Ferrocarril Gral. San Martín.

En un descanso de sus rutinarias tareas, Carlos Balvidares comenzó a tomar una infusión de mate en una suerte de puesto abandonado, en medio del campo. Allí se encontraba, cuando su hijo Manuel lo alerta de la presencia de tres individuos que estaban en la laguna, a unos 100 metros del lugar, confundiéndolos con niños.

Al observarlos con mayor atención, Carlos fue comprendiendo que eran extraños, y exclamó: “¡esto no es cosa buena!”. Su hijo, asustado, no quiso seguir mirando. Se trataba de tres sujetos que, al parecer, flotaban sobre el agua, junto al molino y a espaldas de los testigos.

Carlos se aproximó unos 80 metros, notando entonces que se asemejaban -por la cabellera- a dos hombres y una mujer. Comenzó a llamarles con la calabaza del mate en ­su mano para que compartieran dicha infusión. Los extraños miraron hacia atrás, en di­rección a Balvidares, y desaparecieron de inmediato, para volver a mostrarse en la orilla opuesta de la laguna, a unos 300 metros del lugar. El paisano controló su reloj y ve que eran las 17,20 horas.

La figura femenina tenía 1,60-1,65 m de estatura, y talla normal. Estaba íntegramen­te vestida con ropa de color negro. Su cabello era también negro que, al moverse, se notaba que era largo. Llevaba unas botas del mismo color, con una franja blanca, y terminaban en la parte alta, del empeine, en una especie de aletas que se abrían para los costados en forma de abanico.

Los hombres eran un poco más bajos que la mujer. Su cabello parecía que tenía fijador y su piel expuesta el Sol por su coloración. Daban la impresión de estar desnudos, o cubierta por una vestimenta bien tomada al cuerpo. En la mujer era más notorio.

El cabello de las figuras masculinas era rubio y se destacaba la tez blanca, la frente ancha y la nariz pequeña. Se trasladaban, según Carlos, con los brazos y piernas fijados al cuerpo.

De acuerdo al informe producido originalmente, Carlos Balvidares pudo observar en el mismo sector donde se localizaban los individuos, a 20 m del alambrado y posada sobre la tierra, una forma intensamente luminosa, de forma rectangular de unos 5 o 6 metros de longitud y de unos 2 a 3 m de altura. Del centro del objeto salía una especie de haz luminoso de unos 0,40 m de diámetro, que llegaba hasta su posición y le encandila­ba, produciéndole cierta sensación calórica.

Siendo la intención de Carlos ponerse en contacto con los extraños individuos, tomó su caballo y se introdujo en la laguna, en dirección a ellos. Pero al avanzar, trata­ban de alejarse -en particular- hacia el objeto. El testigo sólo consiguió recorrer la mitad del trayecto, hasta unos 150 metros de los sujetos, donde “una especie de barrera invisible” le impidió seguir adelante. El caballo no le respondió más, pese a continuos esfuerzos para que avanzara en la hondonada superficie del fangoso terreno.

Ilustración del encuentro según la revista Cuarta Dimensión, No. 11, febrero de 1975.

A vista de la situación, Carlos Balvidares regresó al puesto, donde sentado en un banco siguió tomando mate y con la observación que se había iniciado más de media hora antes. Mientras tanto, los sujetos desarrollaban curiosas actitudes a 30 o 40 metros del objeto. Se trasladaban de un punto a otro mediante pequeños saltos. La mujer parecía que dirigía a los otros dos individuos. Iba siempre adelante y cuando, por ejemplo, levantaba un brazo, uno de los hombres se alejaba unos tres metros. Se detenía y ense­guida se comunicaba con los otros dos a través de una suerte de chillido, como el sonido producido por una radio mal sintonizada, pudiendo oírse nítidamente. Luego se sentaban en cuclillas y parecía que estuvieran midiendo, como si hicieran rayas en el suelo y adoptaban otra serie de raros movimientos o posturas, ininteligibles para el testigo.

En determinado momento los individuos se aproximaron a un pequeño tanque de fibro-cemento ubicado en las cercanías de la laguna. Detrás de él se agazaparon, moviéndose como si espiaran desde ese lugar.

Más tarde y siempre con la idea de llegar a ellos, no pudiendo hacerlo por el a­gua, Carlos pensó efectuar un rodeo por tierra firme, aunque le significara recorrer un trayecto más largo.

Eran las 18,50. Montó nuevamente su caballo y en ese momento los extraños se dirigieron hacia el objeto que descansaba en tierra. Detuvo entonces al equino y quedó obser­vando. Pudo apreciar que el objeto destellante resultaba más alto que los visitantes, y que sus vestimentas cambiaron de color a verde oscuro y anaranjado. Este cambio ocu­rrió en los hombres, en tanto que la mujer no alteró la tonalidad negruzca de su traje.

Una cerda que estaba encerrada en un chiquero ubicado junto a los testigos, luego de saltarlo de manera inhabitual, huyó rápidamente. Fue entonces cuando Carlos sintió un olor a azufre, seguido de una sensación de sueño o sopor que lo invadió por instantes.

Cuando se repuso, Carlos ya no observaba ni a las personas ni a la luz, que por más de una hora y media habían acaparado su atención. Eran las 18,55 horas.

El testigo parece no haberle otorgado importancia a los lugares recorridos por los individuos, presuntos tripulantes de la nave, y sólo a requerimiento de algunos curiosos inspeccionó la zona. De esta manera fue cómo se hallaron huellas nítidas en un ra­dio de aproximadamente 20 metros en cercanías de la laguna.

No habiéndose hecho calcos en yeso, se recogió la opinión de varias personas que pudieron observarlas, indicando su extraña apariencia. Cada huella tenía forma triangu­lar, con un vértice bastante pronunciado. Los expertos vieron allí la parte del ta­lón, que se abre en una especie de “garras”. Medían entre 10 a 15 cm.

También se habrían descubierto en el sitio donde se encontraba el objeto, o la luz, cuatro huellas en forma de triángulo cada una de ellas, dispuestas en forma cuadrangu­lar, a cuatro metros una de la otra. Daban la impresión que fueron hechas por un molde triangular de unos 40 cm de altura, con su interior hueco y con un borde de unos 5 cm. La tierra no muestra signos de quemadura, aunque Carlos habría manifestado que el pas­to no crece allí con la misma facilidad que en otros sitios.

CONSIDERACIONES INICIALES

El caso de Günther, Pdo. de Gral. Pinto, ocurrido el 29 de octubre de 1973, fue conocido recién en febrero de 1975, a través del informe de Omar R. Demattei, responsable de la investigación, en una popular revista (1) dedicada a los ovnis.

Carlos Balvidares, en foto más reciente.
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El episodio ha despertado singular interés, no sólo por los hechos descritos, sino muy especialmente porque se encuentra relacionado con el caso de Villa Bordeu, al cual la prensa y ovnílogos locales le dispensaron enorme atención.

A la vez de no haber detectado algún posible ingrediente psicológico (sic), ni elementos que le hayan planteado duda alguna, su autor ha calificado al caso Balvidares como ampliamente confiable. Aún más, en un rico intercambio epistolar, Demattei reconoce haber “llegado a la conclusión y convencimiento íntimo, de que el caso Llanca (Villa Bordeu) es totalmente auténtico, como lo es el caso Balvidares (Günther)” (carta del 25 feb. 1978, a Banchs). Señalando algunos puntos en común, sostiene que “la posibilidad de que Balvidares se haya inspirado en el caso Llanca para relatar su historia queda descartada, ya que si bien su caso acaeció el lunes 29 de octubre y el de V. Bordeu el día anterior, Llanca no recordó lo ocurrido hasta el martes 30; en la noche del lunes 29 -continúa diciendo- Balvidares ya había divulgado lo sucedido a varias personas”.

Y concluye afirmando: “Sin duda las extraordinarias coincidencias entre ambos, prácticamente únicas en casos de contactos (en una misma provincia, a un día de diferen­cia), hacen imposible que podamos desconocer las íntimas relaciones entre ambos. Por lo tanto, si uno de los dos es considerado auténtico, el otro no puede dejar de serlo”.

En respuesta, indicamos que si bien el testigo de V. Bordeu parece no haber recorda­do todo lo sucedido hasta el martes 30 debido a su presunto estado amnésico, ciertos detalles de su experiencia fueron conocidos en la tarde del lunes 29 (por ejemplo, en La Razón, de Buenos Aires), en donde se incluye una descripción de los seres, conforme a la ofrecida por Balvidares a varias personas horas más tarde.

Asimismo, coincidimos en que no podíamos desconocer la llamativa relación entre am­bos relatos (Llanca-Balvidares). De ahí que tampoco debíamos dejar de reconocer nuestras sospechas sobre el caso Balvidares (carta del 3 marzo 1978, a Demattei).

Esto propició una nueva oportunidad para discrepar sobre algunos tópicos, en un marco de respeto, a la par de ofrecemos su colaboración a fin de “verificar la autenticidad de este caso”, acompañándonos a esa localidad del oeste bonaerense, “donde prácti­camente no llegan las señales de televisión, del mismo modo que los diarios capitali­nos” (carta del 20 marzo 1978, a Banchs).

Ya estaba en nuestros planes trasladarnos al lugar y, complacidos, aceptamos la posibilidad de una reinvestigación acompañados por el responsable de las primeras encuestas ufológicas. Mientras tanto, el caso animaba los audiovisuales de Fabio Zerpa, y un libro de reciente aparición.-

http://marcianitosverdes.haaan.com/20 ... -terrestre-primera-parte/

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Autor Hilo