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SABIAS QUE? : Los Cuatro Viajes de Colon y su testamento
Enviado por adolfo gandin ocampo el 28/9/2012 7:40:00 (773 Lecturas)

Aquí les dejo para lectura y acopio de información un breve resumen de los escritos del navegante Cristóbal Colón junto a su testamento, documentos muy sustanciosos .....espero les agrade

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Adolfo Gandin Ocampo

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Diario de a bordo --- EL PRIMER VIAJE

Cita:
Viernes 3 de agosto.—Partimos viernes 3 días de agosto de 1492 años de la barra de Saltes a las ocho horas. Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el Sur sesenta millas, que son quince leguas; después al Sudueste y al Sur cuarta del Surueste, que era el camino para las Canarias.

Sábado 4 de agosto.—Anduvieron al Sudueste cuarta del Sur.
Domingo 5 de agosto.—Anduvieron su vía entre día y noche mas de cuarenta leguas.

Lunes 6 de agosto.—Saltó o desencajose el gobernario a la carabela Pinta, donde iba Martín Alonso Pinzón, a lo que se creyó y sospecho por industria de un Gomes Rascon y Cristóbal Quintero, del que era la carabela, porque le pesaba ir aquel viaje; Y dice el Almirante que antes que partiese habían hallado en ciertos deveses y grisquetas, como dicen, a los dichos. Vidose allí el Almirante en gran turbación por no poder ayudar a la dicha carabela sin su peligro, y dice que alguna pena perdía con saber que Martín Alonso Pinzón era persona esforzada y de buen ingenio. En fin, anduvieron entre día y noche veintinueve leguas.
Martes 7 de agosto.—Tornase a saltar el gobernalle a la Pinta, y adobáronlo y anduvieron en demanda de la isla del Lanzarote, que es una de las islas de Canarias, y anduvieron entre día y noche veinticinco leguas.

Miércoles 8 de agosto.—Hobo entre los pilotos de las tres carabelas opiniones diversas donde estaban, y el Almirante salió más verdadero; y quisiera ir a gran Canaria por dejar la carabela Pinta, porque iba mal acondicionada del gobernario y hacia agua, y quisiera tomar allí otra si la hallara. No pudieron tomarla aquel día.

Jueves 9 de agosto.—Hasta el domingo en la noche no pudo el Almirante tomar la Gomera, y Martín Alonso quedóse en aquella costa de gran Canaria por mandado del Almirante, porque no podía navegar.
Después tomó el Almirante a Canaria (o a Tenerife), y adobaron muy bien la Pinta con mucho trabajo y diligencias del Almirante, de Martín Alonso y de los demás; y al cabo vinieron a la Gomera. Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta en gran manera. Hicieron la Pinta redonda, porque era latina; torno a la Gomera domingo a 2 de septiembre con la Pinta adobada.

Dice el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en la Gomera estaban con Doña Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que después fue el primer Conde de la Gomera, que eran vecinos de la isla de Hierro, que cada año vían tierra al Oueste de las Canarias, que es al Poniente; y otros de la Gomera, afirmaban otro tanto con juramento. Dice aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el ano de 1484 vino uno de la isla de la Madera al Rey a le pedir una carabela para ir a esta tierra que vía, el cual juraba que cada año la vía y siempre de una manera. Y también dice que se acuerda que lo mismo decían en las islas de los Azores y todos éstos en una derrota y en una manera de señal y en una grandeza. Tomada, pues, agua y leña y carnes y lo demás que tenían los hombres que dejó en la Gomera el Almirante cuando fue a la isla de Canaria a adobar la carabela Pinta, finalmente se hizo a la vela de la dicha isla de la Gomera con sus tres carabelas jueves a 6 días de septiembre.

Jueves 6 de septiembre.—Partió aquel día por la mañana del puerto de la Gomera y tomó la vuelta para ir a su viaje. Y supo el Almirante de una carabela que venía de la isla del Hierro que andaban por allá tres carabelas de Portugal para lo tomar: debía de ser la invidia que el Rey tenia por haberse ido a Castilla. Y anduvo todo aquel día y noche en calma, y a la mañana se halló entre la Gomera y Tenerife.

Viernes 7 de septiembre.—Todo el viernes y el sábado, hasta tres horas de noche, estuvo en calma.

Sábado 8 de septiembre.—Tres horas de noche sábado comenzó a ventar Nordeste, y tomo su vía y camino al Oueste. Tuvo mucha mar por proa que le estorbaba el camino; y andaría aquel día nueve leguas con su noche.

Domingo 9 de septiembre.—Anduvo aquel día diez y nueve leguas, y acordó contar menos de las que andaba, porque si el viaje fuese luengo no se espantasen ni desmayase la gente. En la noche anduvo ciento y veinte millas; a diez millas por hora, que son treinta leguas. Los marineros gobernaban mal, decayendo sobre la cuarta del Nordeste, y aun a la media partida: sobre lo cual les riñó el Almirante muchas veces.
Lunes 10 de septiembre.—En aquel día con su noche anduvo sesenta leguas, a diez millas por hora, que son dos leguas y media; pero no contaba sino cuarenta y ocho leguas, porque no se asombrase la gente si el viaje fuese largo.

Martes 11 de septiembre.—Aquel día navegaron a su vía, que era el Oueste, y anduvieron veinte leguas y mas, y vieron un gran trozo de mástel de nao, de ciento y veinte toneles, y no lo pudieron tomar. La noche anduvieron cerca de veinte leguas, y contó no mas de diez y seis por la causa dicha.

Miércoles 12 de septiembre.—Aquel día, yendo su vía, anduvieron en noche y día treinta y tres leguas, contando menos por la dicha causa.
Jueves 13 de septiembre.—Aquel día con su noche, yendo a su vía, que era al Oueste, anduvieron treinta y tres leguas, y contaba tres o cuatro menos. Las corrientes le eran contrarias. En este día, al comienzo de la noche, las agujas noruesteaban, y a la mañana noruesteaban algún tanto.

Viernes 14 de septiembre.—Navegaron aquel día su camino al Oueste con su noche, y anduvieron veinte leguas; contó alguna menos. Aquí dijeron los de la carabela Nina que habían visto un garjao y un rabo de junco; y estas aves nunca se apartan de tierra cuando mas veinticinco leguas.

Sábado 15 de septiembre.—Navegó aquel día con su noche veintisiete leguas su camino al Oueste y algunas mas. Y en esta noche al principio de ella vieron caer del cielo un maravilloso ramo de fuego en la mar, lejos de ellos cuatro o cinco leguas.

Domingo 16 de septiembre.—Navego aquel día y la noche a su camino al Oueste. Andarían treinta y nueve leguas, pero no contó sino treinta y seis. Tuvo aquel día algunos nublados, llovizno. Dice aquí el Almirante que hoy y siempre de allí adelante hallaron aires temperatísimos, que era placer grande el gusto de las mañanas, que no faltaba sino oír ruiseñores. Dice él que era el tiempo como abril en el Andalucía. Aquí comenzaron a ver muchas manadas de hierba muy verde que poco había, según le parecía, que se había desapegado de tierra, por lo cual todos juzgaban que estaba cerca de alguna isla; pero no de tierra firme, según el Almirante, que dice porque la tierra firme hago mas adelante.

Lunes 17 de septiembre.—Navego a su camino el Oueste, y andarían en día y noche cincuenta leguas y noches. No asentó sino cuarenta y siete. Ayudábales la corriente. Vieron mucha hierba y muy a menudo, y era hierba de peñas y venía la hierba de hacia Poniente. Juzgaban estar cerca de tierra. Tomaron los pilotos el Norte marcándolo, y hallaron que las agujas noruesteaban una gran cuarta, y temían los marineros y estaban penados y no decían de qué. Conocido el Almirante; mandó que tornasen a marcar el Norte en amaneciendo, y hallaron que estaban buenas las agujas. La causa fue porque la estrella que parece hace movimiento y no las agujas. En amaneciendo, aquel lunes vieron muchas mas hierbas y que parecían hierbas de ríos, en los cuales hallaron un cangrejo vivo, el cual guardó el Almirante. Y dice que aquellas fueron señales ciertas de tierra, porque no se hallan ochenta leguas de tierra. El agua de la mar hallaban menos salada desde que salieron de las Canarias; los aires siempre mas suaves. Iban muy alegres todos, y los navíos quien mas podía andar andaba por ver primero tierra. Vieron muchas toninas, y los de la Niña mataron una. Dice aquí el Almirante que aquellas señales eran del Poniente, donde espero en aquel alto Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy presto nos dará tierra. En aquella mañana dice que vido un ave blanca que se llama rabo de junco que no suele dormir en la mar.

Martes 18 de septiembre.—Navegó aquel día con su noche, y andarían mas de cincuenta y cinco leguas, pero no asentó sino cuarenta y ocho. Llevaba todos estos días mar muy bonanza, como en el río de Sevilla. Este día Martín Alonso, con la Pinta, que era gran velera, no espero, porque dijo al Almirante desde su carabela que había visto gran multitud de aves ir hacia el Poniente, y que aquella noche esperaba ver tierra y por eso andaba tanto. Apareció a la parte del Norte una gran cerrazón, que es señal de estar sobre la tierra.

Miércoles 19 de septiembre.—Navegó su camino, y entre día y noche andarían veinticinco leguas, porque tuvieron calma. Escribió veintidós. Este día, a las diez horas, vino a la nao un alcatraz, y a la tarde vieron otro, que no suele apartarse veinte leguas de tierra. Vinieron unos lloviznos sin viento, lo que es señal cierta de tierra. No quiso detenerse barloventeando el Almirante para averiguar si había tierra; mas de que tuvo por cierto que a la banda del Norte y del Sur había algunas islas, como la verdad lo estaban y él iba por medio de ellas. Porque su voluntad era de seguir adelante hasta las Indias, y el tiempo es bueno, porque placiendo a Dios a la vuelta se vería todo.
Aquí descubrieron sus puntos los pilotos: el de la Niña se hallaba de las Canarias cuatrocientas cuarenta leguas; el de la Pinta, cuatrocientas veinte; el de la donde iba el Almirante, cuatrocientas justas.

Jueves 20 de septiembre.—Navegó este día al Oueste cuarta del Norueste y a la media partida, porque se mandaron muchos vientos con la calma que había. Andarían hasta siete u ocho leguas. Vinieron a la nao dos alcatraces y después otro, que fue serial de estar cerca de tierra; y vieron mucha hierba, aunque el día pasado no habían visto de ella. Tomaron un pájaro, con la mano, que era como un garjao; era pájaro de río y no de mar: los pies tenia como gaviota. Vinieron al navío, en amaneciendo, dos o tres pajaritos de tierra cantando, y después antes del sol salido desaparecieron. Después vino un alcatraz: venía del Ouesnorueste; iba al Sueste, que era señal que dejaba la tierra al Ouesnorueste, porque estas aves duermen en tierra y por la mañana van a la mar a buscar su vida, y no se alejan veinte leguas.

Viernes 21 de septiembre.—Aquel día fue todo lo mas calma y después algún viento. Andarían entre día y noche, de ello a la vía y de ello no, hasta trece leguas. En amaneciendo, hallaron tanta hierba que parecía ser la mar cuajada de ella, y venia del Oueste. Vieron un alcatraz. La mar muy llana como un rió y los aires los mejores del mundo. Vieron una ballena, que es señal que estaban cerca de tierra, porque siempre andan cerca.

Sábado 22 de septiembre.—Navegó al Ouesnorueste más o menos, acostándose a una y a otra parte. Andarían treinta leguas. No veían casi hierba. Vieron unas pardelas y otra ave. Mucho me fue necesario este viento contrario, porque mi gente andaban muy estimulados, que pensaban que no ventaban estos mares vientos para volver a España. Por un pedazo de día no hubo hierba; después, muy espesa.

Domingo 23 de septiembre.—Navegó al Norueste y a las veces a la cuarta del Norte y a las veces a su camino, que era el Oueste; y andaría hasta veintidos leguas. Vieron una tórtola, y un alcatraz y otro pajarito de río y otras aves blancas. Las hierbas eran muchas, y hallaban cangrejos en ellas. Y como la mar estuviese mansa y liana, murmuraba la gente diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaria para volver a España; pero después alzóse mucho la mar y sin viento, que los asombraba, Así que muy necesario me fue la mar alta, que no pareció, salvo el tiempo de los judíos cuando salieron de Egipto contra Moisés, que los sacaba de captiverio.

Lunes 24 de septiembre.—Navegó a su camino al Oueste día y noche, y andarían catorce leguas y media. Contó doce. Vino al navío un alcatraz y vieron muchas pardelas.

Martes 25 de septiembre.—Este día hubo mucha calma, y después ventó; y fueron su camino al Oueste hasta la noche. Iba hablando el Almirante con Martín Alonso Pinzón, capitán de la otra carabela Pinta, sobre una carta que le había enviado tres días hacia a la carabela, donde según parece tenia pintadas el Almirante ciertas islas por aquella mar. Y decía Martín Alonso que estaban en aquella comarca, y decía el Almirante que así le parecía a él; pero puesto que no hubiesen dado con ellas, lo debía haber causado las corrientes que siempre habían echado los navíos al Nordeste, y que no habían andado tanto como los pilotos decían. Y, estando en esto, dijo el Almirante que le enviase la carta dicha. Y, enviada con alguna cuerda, comenzó el Almirante a cartear en ella con su piloto y marineros. Al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría llamó al Almirante, pidiéndole albricias que vía tierra. Y cuando se lo oyó decir con afirmación, el Almirante dice que se echó a dar gracias a Nuestro Señor de rodillas, y el Martín Alonso decía Gloria in excelsis Deo con su gente. Lo mismo hizo la gente del Almirante; y los de la Niña subieron se todos sobre el mástil y en la jarcia, y todos afirmaron que era tierra. Y al Almirante así pareció y que habría a ella veinticuatro leguas. Estuvieron hasta la noche afirmando todos ser tierra. Mando el Almirante dejar su camino, que era el Oueste, y que fuesen todos al Sudueste, adonde había parecido la tierra. Habrían andado aquel día al Oueste cuatro leguas y media, y en la noche al Sudueste diez y siete leguas, que son veintiuna, puesto que decía a la gente trece leguas porque siempre fingía a la gente que hacia poco camino porque no les pareciese largo; por manera que escribid por dos caminos aquel viaje, el menor fue el fingido, y el mayor el verdadero. Anduvo la mar muy llana, por lo cual se echaron a nadar muchos marineros. Vieron muchos dorados y otros peces.

Miércoles 26 de septiembre.—Navegó a su camino al Oueste hasta después de medio día. De allí fueron al Sudueste hasta conocer que lo que decían que había sido tierra no lo era, sino cielo. Anduvieron día y noche treinta y una leguas, y contó a la gente veinticuatro. La mar era como un río, los aires dulces y suavísimos.

Jueves 27 de septiembre.—Navegó a su vía al Oueste. Anduvo entre día y noche veinticuatro leguas; contó a la gente veinte leguas. Vinieron muchos dorados; mataron uno. Vieron un rabo de junco.

Viernes 28 de septiembre.—Navegó a su camino al Oueste, anduvieron día y noche con calma catorce leguas; contaron trece. Hallaron poca hierba; tomaron dos peces dorados, y en los otros navíos mas.

Sábado 29 de septiembre.—Navegó a su camino el Oueste. Anduvieron veinticuatro leguas; conito a la gente veintiuna. Por calmas que tuvieron, anduvieron entre día y noche poco. Vieron un ave que se llama rabiforcado, que hace gomitar a los alcatraces lo que comen para comerlo ella, y no se mantiene de otra cosa. Es ave de la mar, pero no posa en la mar ni se aparta de tierra veinte leguas. Hay de estas muchas en las islas de Cabo Verde. Después vieron dos alcatraces. Los aires eran muy dulces y sabrosos, que diz que no faltaba sino oír al ruiseñor, y la mar llana como un río. Parecieron después en tres veces tres alcatraces y un forcado. Vieron mucha hierba.

Domingo 30 de septiembre.—Navegó su camino al Oueste. Anduvo entre día y noche, por las calmas, catorce leguas; contó once. Vinieron al navío cuatro rabos de junco, que es gran señal de tierra, porque tantas aves de una naturaleza juntas es señal que no andan desmandadas ni perdidas. Vieronse cuatro alcatraces en dos veces. Hierba, mucha. Nota: Que las estrellas que se llaman las guardias, cuando anochece, están junto al brazo de la parte del Poniente, y cuando amanece están en la línea debajo del brazo al Nordeste, que parece que en toda la noche no andan salvo tres líneas, que son nueve horas, y esto cada noche: esto dice aquí el Almirante. También en anocheciendo, las agujas noruestean una cuarta, y en amaneciendo están con la estrella justo; por lo cual parece que la estrella hace movimiento como las otras estrellas, y las agujas piden siempre la verdad.

Lunes 1 de octubre.—Navegó su camino al Oueste. Anduvieron veinticinco leguas; contó a la gente veinte leguas. Tuvieron grande aguacero. El piloto del Almirante temía hoy, en amaneciendo, que habían andado desde la isla de Hierro hasta aquí quinientas sesenta y ocho leguas al Oueste. La cuenta menor que el Almirante mostraba a la gente eran quinientas ochenta y cuatro leguas; pero la verdadera que el Almirante juzgaba y guardaba eran setecientas siete.

Martes 2 de octubre.—Navegó su camino al Oueste noche y día treinta y nueve leguas; contó a la gente obra de treinta leguas. La mar liana y buena siempre. A Dios muchas gracias sean dadas. Hierba venia del Este al Oueste, por el contrario de lo que solía: parecieron muchos peces; matóse uno. Vieron una ave blanca que parecía gaviota.

Miércoles 3 de octubre.—Navegó su vía ordinaria. Anduvieron cuarenta y siete leguas; contó a la gente cuarenta leguas. Aparecieron pardelas, hierba mucha, alguna muy vieja y otra muy fresca, y traía como fruta; y no vieron aves algunas. Creía el Almirante que le quedaban atrás las islas que traía pintadas en su carta. Dice aquí el Almirante que no se quiso detener barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas señales de tierra, aunque tenia noticias de ciertas islas en aquella comarca, por no se detener, pues su fin era pasar a las Indias; y si detuviera, dice el que no fuera buen seso.

Jueves 4 de octubre.—Navegó a su camino al Oueste. Anduvieron entre día y noche sesenta y tres leguas; contó a la gente cuarenta y seis leguas. Vinieron al navío mas de cuarenta pardeles juntos y dos alcatraces, y al uno dio una pedrada un mozo de la carabela. Vino a la nao un rabiforcado y una blanca como gaviota.

Viernes 5 de octubre.—Navegó a su camino. Andarían once millas por hora. Por la noche y día andarían cincuenta y siete leguas, porque aflojó la noche algo el viento; contó a su gente cuarenta y cinco. La mar en bonanza y llana. A Dios muchas gracias sean dadas. El aire muy dulce y templado, hierba ninguna, aves pardelas muchas, peces golondrinas volaron en la nao mucha.

Sábado 6 de octubre.—Navego su camino al Vueste u Oueste, que es lo mismo. Anduvieron cuarenta leguas entre día y noche; contó a la gente treinta y tres leguas. Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar a la cuarta del Oueste, a la parte del Sudueste; y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra y que era mejor una vez ir a la tierra firme y después a las islas.

Domingo 7 de octubre.—Navegó a su camino al Oueste; anduvieron doce millas por hora dos horas, y después ocho millas por hora; y andaría hasta una hora de sol veintitres leguas. Contó a la gente diez y ocho. En este día, al levantar del sol, la carabela Niña, que iba delante por ser velera, y andaban quien mas podía por ver primero tierra, por gozar de la merced que los Reyes a quien primero la viese habían prometido, Ievantó una bandera en el topo del mástel y tiro una lombarda por señal que vían tierra, porque así lo había ordenado el Almirante. Tenia también ordenado que al salir del sol y al ponerse se juntasen todos los navíos con el, porque estos dos tiempos son mas propios para que los humores den mas lugar a ver mas lejos. Como en la tarde no viesen tierra la que pensaban los de la carabela Niña que habían visto, y porque pasaban gran multitud de aves de la parte del Norte al Sudueste (por lo cual era de creer que se iban a dormir a tierra o huian quizá del invierno, que en las tierras de donde venían debía de querer venir, porque sabia el Almirante que las mas de las islas que tienen los Portugueses por las aves las descubrieron), por esto el Almirante acordó dejar el camino del Oueste y poner la proa hacia Ouesudueste con determinación de andar dos días por aquella vía. Esto comenzó antes una hora del sol puesto. Andarían en toda la noche obra de cinco leguas, y veintitres del día. Fueron por todas veintiocho leguas noche y día.

Lunes 8 de octubre.—Navegó al Ouesudueste y andarían entre día y noche once leguas y media o doce, y a ratos parece que anduvieron en la noche quince millas por hora, si no esta mentirosa la letra. Tuvieron la mar como el río de Sevilla; gracias a Dios, dice el Almirante. Los aires muy dulces como en abril en Sevilla, que es placer estar a ellos: tan olorosos son. Pareció la hierba muy fresca; muchos pajaritos del campo, y tomaron uno que iba huyendo al Sudueste, grajaos y ánades y un alcatraz.

Martes 9 de octubre.—Navegó al Sudueste. Anduvo cinco leguas; mudose el viento y corrió al Oueste cuarta al Norueste, y anduvo cuatro leguas. Después con todas once leguas de día y a la noche veinte leguas y media. Contó a la gente diez y siete leguas. Toda la noche oyeron pasar pájaros.

Miércoles 10 de octubre.—Navegó al Ouesudueste. Anduvieron a diez millas por hora y a ratos doce y algún rato a siete, y entre día y noche cincuenta y nueve leguas. Contó a la gente cuarenta y cuatro leguas no mas. Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejabase del largo viaje. Pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo, dándoles buena esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por demás era quejarse, pues que el había venido a las Indias, y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con el ayuda de Nuestro Señor.

Jueves 11 de octubre.—Navegó al Ouesudueste. Tuvieron mucha mar y mas que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegraronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el sol, veintisiete leguas.

Después del sol puesto, navego a su primer camino al Oueste: andarían doce millas cada hora; y hasta dos horas después de media noche andarían noventa millas, que son veintidos leguas y media. Y porque la carabela Pinta era mas velera e iba delante del Almirante, halló tierra y hizo las señas que el Almirante había mandado.
Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, en estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamo a Pero Gutierrez, repostero de estrados del Rey, e dijole que parecía lumbre, que mirase el, y así lo hizo y vidola; dijole también a Rodrigo Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después que el Almirante lo dijo, se vido una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir e cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestolos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil maravedis de juró a quien primero la viese.

A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amañaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusieronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yánez su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña con una F y una Y, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro.

Puestos en tierra vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escovedo, escribano de toda el armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomo, posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como mas largo se contiene en los testimonies que allí se hicieron por escrito. Luego se ayuntó allí mucha gente de la isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias.

«Yo (dice él), porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a nuestra santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hobieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide mas de una farto moza. Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de mas de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos, e cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos de tras que traen largos, que jamas cortan. Dellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco, y dellos de Colorado, y dellos de lo que fallan, y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo, y dellos solos los ojos, y dellos solo el nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les amostre espadas y las tomaban por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún fierro: sus azagayas son unas varas sin fierro, y algunas de ellas tienen al cabo un diente de pece. y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vide algunos que tenían señales de feridas en sus cuerpos, y les hice señas que era aquello, y ellos me amostraron como allí venían gente de otras islas que estaban acerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí e creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por captivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a V. A. para que deprendan fablar. Ninguna bestia de ninguna manera vide, salvo papagayos en esta isla.» Todas son palabras del Almirante.

Sábado 13 de octubre.—<«Luego que amanecí vinieron a la playa muchos de estos hombres, todos mancebos, como dicho tengo, y todos de buena estatura, gente muy fermosa: los cabellos no crespos, salvo corredios y gruesos, como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha mas que otra generación que fasta aquí haya visto, y los ojos muy fermosos y no pequeños, y ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues está Lesteoueste con la isla del Hierro, en Canaria so una línea. Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes en que en algunas venían cuarenta o cuarenta y cinco hombres, y otras mas pequeñas, fasta haber de ellas en que venia un solo hombre. Remaban con una pala como de fornero, y anda a maravilla; y si se le trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos. Traían ovillos de algodón filado y papagayos y azagayas y otras cositas que seria tedio de escrebir, y todo daban por cualquier cosa que se los diese.

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Los Cuatro Viajes de Colón y su testamento. Espasa-Calpe 10ª Edición 1991.

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